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Trastornos
en la alimentación? Comedor compulsivo, obesidad, bulimia o anorexia?
Agosto 21
de 2004 - EL TIEMPO
De una comedora compulsiva (Experiencia saludable)
Después de intentar
dietas, médicos, tratamientos y hasta una cirugía, cuando ya todo
parecía perdido y parar de comer se veía imposible; después de
preguntarme por qué no existía un programa como el de alcohólicos
anónimos para personas que, como yo, pensaban todo el día en comer,
surgió un milagro: en una edición de EL TIEMPO, de hace cuatro años,
encontré un artículo sobre Comedores Compulsivos Anónimos.
A partir de ese momento mi vida cambió.
Empecé a trabajar el programa de recuperación de OA (Overeaters
Anonymous: en español Comedores Compulsivos Anónimos), es decir los doce
pasos, las doce tradiciones, los instrumentos de recuperación y la
abstinencia. Aunque no es fácil, cuando me lo propongo logro mantenerme
abstinente y llevar un plan de comida moderado y sano, según mis
necesidades, lo que me ha permitido bajar 25 kilos.
Abstenerme de comer alimentos en forma compulsiva me permite ver con más
claridad mis aciertos y dificultades y tomar además conciencia de que
con la ayuda de Dios -si se la pido- puedo también abstenerme de
conductas destructivas que tanto daño hicieron a mi vida.
Alejarme definitivamente de OA ha sido imposible. Y no podía ser
diferente. Vine a bajar de peso y lo logré.
Además encontré una comunidad que me entiende, una forma de relacionarme
con Dios y la gente, y aceptación de mi vida y sus circunstancias. Estar
lejos significaría recuperar mi peso, enredarme con todo y perder la paz
que he conseguido y hasta la vida.
Por eso trabajar el programa y tratar de transmitirlo, con base en el
ejemplo, son el compromiso y la prioridad para mi recuperación diaria.
Hay días en que an pienso mucho en comida, pero gracias a Dios y a mi
trabajo del programa, no siempre me la como. Cuando la tentación me
vence, me perdono y vuelvo a empezar (solo por hoy).
No puedo dejar de reconocer que Dios está haciendo por mí lo que yo sola
no podía.
Muchas gracias.
L. E. S.
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Mayo 22 de 2005 - EL TIEMPO
Historia de una mujer casada, con tres hijos, que llegó a desear la
muerte por su obesidad
Medía 1,60 y
pesaba 92 kilos. Había probado todas las fajas, dietas, gimnasios y
hasta se hizo una operación para reducir su estómago.
En un papelito, que guarda
en su cartera, Laura tiene escrito a mano lo que va a comer en el día:
Arepa y tinto, al desayuno. Ensalada de frutas con helado, al almuerzo.
Pescado a la plancha y verduras, a la comida.
Esa es su lista de mandamientos. La escribe religiosamente por las
noches desde hace cinco años, cuando después de rezar en una iglesia
para que Dios le hiciera el milagro de adelgazar, entró a una casa de
Usaquén, en el norte de Bogotá, a una reunión de un grupo de Comedores
Compulsivos Anónimos.
Laura, que mide 1,60 metros, se apareció ese día en el salón pesando 92
kilos, todavía con las cicatrices sin sanar de una cirugía para
reducirse el estómago. El grupo la recibió amablemente y dejando escapar
unas lágrimas, la abogada y contadora, casada y con tres hijos, relató
su historia a los asistentes:
“
Siempre fui la gordita consentida de la casa. Mi papá me compró una caja
de galletas y me las comí todas en un día y en vez de regañarme me dijo:
Ay tan bella. A los 15 años me comencé a preocupar por mi peso. El
endocrinólogo me mandó unas pastillas que adelgazaban, bajaba, pero
después engordaba. Hice toda las dietas posibles. La del atún y la piña,
la de comer solo carne asada con una rebanada de tomate y hasta un día
comí solamente cinco huevos. Bajaba un tiempo y luego subía.
“En las droguerías compraba pastillas para inhibir el apetito.
Después descubrí que eran anfetaminas. Siempre creía que iba a ser feliz
si era delgada, pero cuando estaba flaca tampoco era feliz. Me escondía,
no iba a fiestas, nunca disfruté cuando bajaba de peso.
“Me casé en un tiempo que estaba flaca, pero después me engordé. Casi no
iba a tierra caliente por no usar un vestido de baño. Me puse las agujas
de acupuntura para controlar el apetito. Usé vendas calientes, me untaba
parafina, cremas, compré todas las fajas y todos los aparatos para hacer
abdominales que salían en televisión. Fui a todos los gimnasios. Me
volví el cuerpo celulítico de tantos masajes. Pasaba varias veces de la
talla 8 a la 12.
“Pero hace cinco años, después de tener a mi tercer hijo, vino lo peor.
Me dediqué a criarlo y a comer sin parar. Comía, desde que me despertaba
hasta que me acostaba. Pan, arepa, papas, chocolates. Me comía diez
brownies en un día. Llegué a robarme la comida de la lonchera de mis
hijos. No sabía qué pasaba, no tenía problemas, estaba casada con un
buen hombre y tenía unos hijos hermosos. No salía. No me miraba en un
espejo. Si entraba a un almacén a comprar ropa salía llorando de
vergüenza al ver que nada me servía. Un tiempo decidí usar solo dos
mudas de ropa.
Hace un mes me hice una operación del estómago, pero aumenté cuatro
kilos. Y hace poco le dije a mi esposo que me quería morir, que no podía
parar de comer”.
Tras sus palabras, todos, en la sala, como de costumbre, se quedaron en
silencio. Le dieron la bienvenida y comenzó a aprender la filosofía del
grupo, basada en los mismos conceptos de los alcohólicos anónimos: el
control.
“Ese día escuché otras historias como las mías y dije: Este es mi
sitio”. Desde entonces, comenzó a ir a las reuniones del grupo los
lunes, miércoles y viernes, donde daban charlas sobre cómo comer
sanamente, la autoestima, la pereza, la lujuria, las obsesiones…
Empezó a entender que su problema no era físico sino que tenía una
enfermedad. Era una comedora compulsiva.
En las reuniones, Laura empezó a oír casos como el suyo.
Escuchó una vez de un paisa que era adicto a comer mondongo y se podía
comer cuatro platos en un día. Otra vez una señora confesó que comía
arroz sin parar todo el día. “Descubrí que mi problema era todo lo que
viniera en paquetes, las chocolatinas y los brownies”.
En el grupo anónimo escogió a una madrina, que llevaba más tiempo, para
que fuera su guía y comenzó a trabajar en los 12 pasos del programa, una
especie de reflexión en donde debe escribir desde su pasado hasta pedir
perdón a las personas a las que les ha hecho daño con la adicción.
“Lo importante es tener fe en un poder superior, llámese el Dios que
quiera, para que le devuelva el juicio a uno”.
En las reuniones escuchaba como las personas comenzaban solo a comer las
tres comidas diarias y a manejar una dieta balanceada.
“Hice mi plan de comidas y comencé a aplicarlo. Cuando me daban ganas de
comer entre comidas, pensaba que era mejor dejarlo para mañana y así lo
evitaba”.
Entre verduras, tostadas y jugos naturales, pasaron ocho meses. Laura
logró bajar a 65 kilos, pero temía volver a recaer y siguió en el grupo.
“Esta es una enfermedad incurable, progresiva y mortal. Las reuniones
son nuestra medicina”.
Las tentaciones la persiguen y la ponen a prueba. “No me puedo comer una
chocolatina porque quiero otra, entonces la evito. Si me regalan una, la
reparto inmediatamente. No puedo ver un brownie y me toca esquivar, con
el carrito del supermercado, la sección de papas fritas y dulces”.
A veces, Laura tiene resbalones, que confiesa en las reuniones.
“Me comí una chocolatina”, dice arrepentida. “Me comí una mantecada”,
dice otro. “Me comí una hamburguesa”, llora otra.
Nadie opina, el grupo solo escucha, ese es el secreto.
De las tristezas se pasan a los aplausos cuando un integrante dice
orgulloso que ha bajado un kilo o un anoréxico relata que ya come tres
veces al día.
“La motivación es muy importante. A veces uno se premia con comida,
cuando hace algo destacado”, dice Laura, que trabaja en una entidad del
Estado, donde pocos de sus compañeros saben de su adicción. “Es que
decir que uno es un comedor compulsivo no es fácil, es como salir de
clóset”.
Laura ya tiene una vida normal, se mantiene en los 65 kilos. Va a los
almacenes a comprar ropa y se puede ver en un espejo.
Los comedores compulsivos anónimos se convirtieron en sus mejores
amigos. Ellos le han celebrado sus últimos cuatro cumpleaños, con
globos, pero eso sí, sin torta de chocolate ni gaseosa.
*El nombre del personaje fue cambiado
Cuando comer es una
adicción
Comer compulsivamente –un
mal reconocido como enfermedad en 1992– es uno de los trastornos de la
conducta alimentaria más comunes y la mayoría de quienes lo padecen son
obesos.
Al comer estas personas experimentan placer, por lo cual, con el tiempo,
desarrollan comportamientos adictivos.
Se presenta más en mujeres que en hombres (con una frecuencia de 2 a 1)
y tienen como característica ser los clásicos yoyo, es decir que siguen
dietas estrictas que los llevan a disminuir drásticamente de peso, solo
para recuperar los kilos perdidos con la misma velocidad.
Este trastorno no debe confundirse con la bulimia, pues quienes tienen
este último suelen inducirse el vómito y consumir diuréticos y laxantes
para perder peso.
Las causas exactas de esta enfermedad –que produce sufrimiento– todavía
se desconocen, pero más del 50 por ciento de estos pacientes presentan
historiales de depresión.
En los últimos años las investigaciones en el campo de los
neurotransmisores han demostrado que los comedores compulsivos tienen
algunos cambios, pero tales estudios aún están en sus inicios.
El tratamiento que se sigue combina psicoterapia, manejo
gastrointestinal y, a veces, antidepresivos.
LUIS ALBERTO MIÑO RUEDA
Subeditor de Reportajes
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El
Colombiano - Medellín
Comilones luchan contra
el plato lleno
En
Medellín y Rionegro hay ocho grupos que sesionan todos los días.
No solo se trata de sobrepeso, sino también de anorexia y bulimia.
El Grupo de Comedores Compulsivos se creó hace 25 años.
Por
Nelson Matta Colorado
"Admitimos que éramos impotentes ante la comida, que nuestras
vidas se habían vuelto ingobernables". Así reza el primero de
los 12 pasos que debe cumplir un integrante de los Comedores Compulsivos
Anónimos (CCA).
Cecilia llegó a esta organización en 1997, cuando pesaba 116 kilos, y
todavía este primer paso sigue siendo la batalla más difícil, el
reconocerse vulnerable frente a la omnipresente comida, tan necesaria,
tan sufrida en muchos casos.
En el grupo la joven conoció a otras personas con su misma debilidad y
se dio cuenta de que comedores compulsivos no es solo un asunto de
"gorditos", pues los anoréxicos y los bulímicos también están incluidos
en este rango.
"La adicción de nosotros es hacia la comida o comportamientos con la
comida. Tan adicto es aquel con sobrepeso, que no puede parar de comer,
como la que hace cualquier cosa para que la comida no la engorde. Ambos
tienen la misma obsesión por la comida, pero la sintomatología es
diferente", comenta Cecilia, quien hoy se desempeña como coordinadora de
talleres de la organización, sin abandonar su propio tratamiento.
Guerra contra sí misma
Un poder más allá de la voluntad fue lo que desde pequeña doblegó a
Cecilia ante los comestibles y la empujó hacia el abismo de la gula.
Desde que tiene memoria, se recuerda con sobrepeso y resignada a la idea
de que siempre sería obesa.
"Cada pensamiento de comida que tuviera lo tenía que satisfacer, no
importaba si me caía mal, tomaba algo para que me bajara la llenura y
volvía a comer, era automático", dice Cecilia, con el aire de quien
conoce todo de sí, hasta las cosas sepultadas en los recodos de la
psiquis.
Las juntas de CCA son diarias, en salones iluminados por la calidez de
una hermandad emparentada por los lazos de una dolorosa adicción.
"Le robé de la lonchera a mi hijo y le juré que yo no había sido",
expone Alirio con una aguda agitación en su voz, como si las palabras
fueran un espejo a punto de romperse.
Uno a uno, los miembros del grupo desnudan el horror ante los compañeros
que se convierten en la segunda familia y en algunos casos la primera.
La confianza que da esta fraternidad motiva a Jimena a exorcizar su
demonio en público. A los 22 años fue clavada en la cruz de la anorexia,
llegó a pesar 26 kilos y estuvo recluida tres meses en el pabellón de
desórdenes alimenticios del Hospital Mental. Cada vez que comía se
laxaba.
"Era un cadáver, daba miedo abrazarla por temor a desbaratarla", comenta
Cecilia, quien la acompañó en esa época.
El caso opuesto lo vivió Yolanda, madre de familia y ama de casa. Llegó
a CCA pesando 160 kilos, no cabía en ninguna silla y tenían que llevarle
a la sala de reuniones un sofá para posar su vasta humanidad.
Con el programa logró rebajar 60 kilos en un año y volvió a cantar, como
lo hacía antes de relegar su talento por el bombardeo de la depresión.
Pero la recuperación nunca es fácil, hoy se gana la batalla, mañana se
pierde, luego se negocia una tregua.
"El autocontrol no cabe por ninguna parte, se escapa del cuerpo, da
sudoración, mal genio, una piensa 'qué bobada, voy a comer y nadie se da
cuenta'", dice Cecilia, recordando el combate interno que una vez la
tiró a la lona.
Luego de pasar de 116 kilos a 84, con la ayuda del programa, la joven no
supo manejar su nuevo aspecto. "Me enloquecí con cambio de guardarropa,
piropos en la calle, no supe manejar eso. Para acabar de ajustar, se
presentó una dura situación en mi vida que me llevó a recuperar los
comportamientos nocivos con la comida. Tuve hace cinco años esta fuerte
recaída de la que apenas me recupero", recuerda.
Comedores Compulsivos en Colombia:
El primer
grupo de CCA se creó en Medellín hace 25 años, pero en su primera década
fue una mal interpretado. Cecilia señala que "fue entendida como un club
para bajar de peso".
La historia sólida de la colectividad comenzó en 1995. La idea original
fue traída de E.U. (allí existe hace 45 años), pero solo hasta entonces
los fundadores tuvieron contacto con adictos extranjeros y literatura en
español sobre el tema.
Fue cuando supieron que el problema iba más allá de la figura y se
instauraba en la paradoja del gobierno de sí mismo. Comprendieron que su
adicción era traicionera. "En esta enfermedad sucede que cuando vos
estás logrando mejoría, se te olvida por la simple razón de que tenés
que comer tres veces al día", explica Cecilia.
En el área metropolitana hay ocho grupos permanentes de CCA, conformados
por cerca de 100 personas. En Bogotá son cuatro, y en Rionegro, Cali,
Barranquilla, Armenia, Villavicencio, Bucaramanga y Puerto Wilches
(Santander), existe un grupo por ciudad.
"En lo social, alimentarse es un asunto femenino", dice Cecilia para
justificar que la mayoría de los miembros son mujeres, tanto por
sobrepeso como por bulimia y anorexia. En general, son madres de familia
que tienen 30 años. La persona más joven que acudió al grupo tenía 11
años de edad y la mayor tiene 60.
Ahora Cecilia está en sus 100 kilos. No tiene metas especiales acerca de
su peso. La pelea es contra sí misma, contra el síndrome de abstinencia
que golpea a todo adicto, sin importar si depende de la droga, el
alcohol, el juego o la comida.
Cecilia despierta cada mañana y prepara su fe para derrotar esos
fríjoles con chicharrón y esa chocolatina jumbo que antes eran parte de
su rutina y ahora son solo un enemigo desarmado.
*Los nombres son ficticios por tratarse de un grupo anónimo.
Ayuda al lector
Falta de plata no evita adicción a comida
Podría suponerse que alguien con escasos ingresos no sería propensa a
una compulsión por la comida, ya que tendría poco acceso a ella. La
realidad demuestra lo contrario. En CCA hay personas desde estrato uno
hasta el seis. "No es el estrato, sino la posición de la persona dentro
de él", dice Cecilia. "Un compañero de estrato uno de pronto tiene un
negocito modesto, o sea que tiene un poquitico más de capacidad
adquisitiva que su promedio, entonces tiende a tener la enfermedad. Es
una enfermedad de exceso de comodidad", concluye. Los interesados en
conocer más de CCA, pueden informarse en el teléfono (4)250 98
50.Medellín .
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Cuando el comer se vuelve una enfermedad: vivir un día a la vez
Fecha Tuesday, 04 November de 2003 a las
06:46:50
Tema Colombia
Compartir experiencias, fortalezas y esperanzas es el objetivo común que
lleva a que los lunes, miércoles y viernes se reúnan en el norte de Cali
una serie de personas aquejadas por un problema que ellos denominan
incurable: comer compulsivamente.
Cali, noviembre
2003.Sipaz/Nodo Valle del Cauca. Por: Gloria Velasco G.
L@s integrantes de
“Comedores Compulsivos Anónimos” reconocen que comer de la forma en que
ell@s lo hacen es una enfermedad progresiva, que si no se detiene a
tiempo tiene graves incidencias sobre su salud física y mental.
Las cifras de la
Organización Mundial de la Salud ilustran el problema: el 52% de las
causas de muerte se debe a enfermedades no transmisibles, entre ellas la
obesidad, el tabaquismo y el sedentarismo. Si bien no tod@s l@s
comedores compulsivos son obes@s, sí registran niveles de sobrepeso que
los han llevado a ensayar todas las dietas, tratamientos, cirugías que
cada día se ofertan más y más en el mercado.
Puede decirse que tras
haberlo ensayado todo, su último recurso ha sido vencer la resistencia y
asistir al grupo de Comedores Compulsivos, que lleva cerca de tres años
en Cali, donde han encontrado toda la comprensión y apoyo que necesitan
para vencer su enfermedad. El primer paso fue, como sucede en
Alcohólicos Anónimos, el reconocerse como tal, ser sincer@ consigo mism@
y estar dispuesto a restablecerse.
Los hombres y las mujeres
que pertenecen a esta asociación buscan acabar numerosos mitos, entre
ellos el que dice que sólo las personas con sobrepeso padecen esta
enfermedad, pues también personas delgadas comen compulsivamente.
Definen la compulsión como
“el impulso o sentimiento de ser atraído irresistiblemente a llevar a
cabo un acto irracional. Por lo tanto, no es sólo la cantidad que
comemos lo que nos convierte en comedores compulsivos sino el modo como
tratamos de controlar la comida. Algunas personas que comen
compulsivamente comen en secreto, comen lo que otras dejan, mientras
otras hacen público su manera de comer. Algunas personas se atragantan y
purgan, mientras otras alternan entre comer compulsivamente y aguantar
hambre”. Pero para ell@s es claro que solo cada un@ puede decir si para
él o ella la comida se ha convertido en un problema incontrolable.
Vale la pena aclarar que,
al igual que el alcoholismo, esta enfermedad no tiene distingos de sexo,
raza, religión o condición social, tiene raíces muy profundas en la
psiquis de cada persona y, por lo tanto, se manifiesta de diferentes
maneras en cada una.
Las personas integrantes de
Comedores Compulsivos Anónimos también aclaran que quien llega al grupo
no va a encontrar allí la dieta perfecta para perder peso. Cada cual va
a encontrar un programa de doce pasos que les enseña las bases para
vivir un día a la vez, para dejar la manera compulsiva de comer y
desarrollar un saludable plan de comidas de acuerdo con las necesidades
físicas de cada cual, no de acuerdo con sus emociones.
Este programa es sencillo
pero no es fácil. Para recuperarse de una de las adicciones más
desconcertantes, desgraciadas y compulsivas se requiere del esfuerzo
diligente de cada persona. La honradez consigo mismo, la mente abierta y
el estar dispuesto, son las llaves que abren la puerta a la
recuperación.
Para compartir estas y
muchas otras experiencias la Asociación de hombres y mujeres comedores
compulsivos anónimos de Cali, preparó el pasado primero de noviembre el
Congreso Nacional en el hotel Mudejar, en la carrera 6 No. 8-11, en el
que compartieron y difundieron ampliamente su programa. Su propósito fue
que muchas personas que no han reconocido su enfermedad lo hagan y
definan una nueva manera de comer e inauguren una nueva forma de ser y
estar en el mundo.
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Revista Cambio - Julio 1 de
2004
Obesidad La nueva amenaza
Por Carlos Dáguer
Doce
millones de colombianos tienen sobrepeso. Su problema no es sólo
estético, puede generar más de 20 enfermedades y llevar, incluso, a la
muerte.
Durante más de dos décadas, el cuerpo de Yolanda Ríos se dedicó al
ahorro. Todo lo que comía se acumulaba con tal obstinación en los
tejidos grasos, que la mujer alcanzó el poco envidiable peso de 163
kilos y el menos deseado perímetro de 118 centímetros. Que esa cintura
fuera dos veces la de una señorita Colombia era lo menos grave. La
vanidad cuenta, pero es en lo último que se piensa cuando los kilos
producen un dolor pertinaz o cuando, a los 45 años, obligan a llamar a
la mamá para secarse al salir de la ducha.
La obesidad de Yolanda se convirtió en una pelea de su cuerpo consigo
mismo. La parte interior de un muslo usurpaba el espacio del otro al
caminar hasta irritar la piel de la zona; la tráquea se aplastaba al
dormir con el peso de los tejidos hasta provocar momentos de ahogo; las
rodillas vivían tan comprimidas, que las articulaciones estaban a punto
de desaparecer. "Cuando estaba de pie -dice Yolanda- buscaba cómo
apoyarme para que las piernas no soportaran tanto peso. El dolor era
insoportable. Tenía artrosis".
La solución para recuperar movilidad en las rodillas fue aplicar una
inyección de sulfato de glucosamina. Pero el organismo de Yolanda
reaccionó. "Me dio granuloma -recuerda-: era un hueco de 10 centímetros
de diámetro en una nalga que se infectó y me impidió moverme durante
tres meses. Arruinó mi Navidad, me tuvo deprimida y con fiebre y
bronquitis".
No era la primera vez que su cuerpo padecía ese efecto dominó: un
padecimiento tras otro, con un origen físico llamado obesidad.
Rosario de males
La obesidad es un rosario de enfermedades que pueden dar al traste con
la vida, incluso antes de morir. Es característica del 90% de los
diabéticos de tipo 2, de la mitad de los hipertensos, del 33% de quienes
padecen enfermedad cardiovascular, del 18% de los casos de colesterol
alto, del 60% de los de apnea del sueño y del 94% de los casos de cáncer
pancreático. También está presente en muchos casos de artritis,
artrosis, infertilidad, incontinencia urinaria, hernias, depresión y
cáncer de mama y útero. Difícil encontrar una enfermedad que requiera
tantos frentes para combatirla: desde decisiones personales hasta
políticas. La obesidad afecta el cuerpo de los pies a la cabeza y hará
algo similar con la sociedad de un hemisferio al otro. Ante ella, los
cuadros de Fernando Botero ya no parecen una evocación del pasado o el
presente, sino una visión del porvenir.
El exceso de kilos hace rato dejó de ser la encarnación de la riqueza.
Hoy se desparrama hacia las clases medias y bajas. Unos 1.700 millones
de personas en el mundo pesan más de lo justo y necesario, según la
Fuerza Operante Internacional Mundial para la Obesidad. Pronto será una
de cada tres. De ellas, 300 millones están en el cada vez más nutrido
grupo de los obesos; es decir, de aquéllos a quienes les sobra más del
20% de sus kilos. Y de éstos, unos 115 millones viven en países en
desarrollo, donde la desnutrición de unos convive con la abundancia de
grasa en otros, e incluso, donde la flacura y la gordura pueden ser
características de distintas etapas de una misma persona.
LA OBESIDAD ES CARACTERÍSTICA DEL 90% DE LOS DIABÉTICOS Y DE LA MITAD DE
LOS HIPERTENSOS.
Colombia es parte de ese grupo de países que vislumbran una epidemia de
obesidad. No ha habido estudios a gran escala, pero las cifras del
Ministerio de Protección Social indican que cuatro de cada 10
colombianos tienen sobrepeso. Para la Asociación Colombiana de la
Obesidad y el Metabolismo (Ascom), los porcentajes son más altos. Un
estudio realizado en 2001 con adultos, mostró que el 38% tenía sobrepeso
y el 14%, obesidad. Es decir, el 52% de los colombianos -unos 12
millones-, especialmente de clase media, debe reducir kilos no sólo en
nombre de la forma, sino de la salud.
Y la cifra puede ser aun mayor. No sólo porque faltan datos sobre los
niños, sino porque los investigadores se han dado cuenta de que en
ciertas poblaciones, como las latinoamericanas y las orientales, una
barriga pronunciada basta para correr riesgos. El sobrepeso y la
obesidad se diagnostican según el índice de masa corporal (IMC), que
expresa la relación entre peso y estatura (ver recuadro). Para la
Organización Mundial de la Salud (OMS), lo correcto es un índice de
entre 18,5 y 24,9, mientras que el sobrepeso comienza en 25, y la
obesidad, en 30.
Sin embargo, una investigación de un grupo de expertos de la OMS,
publicada en enero en la revista The Lancet, concluyó que, para los
japoneses, el IMC del sobrepeso debe comenzar en 23 y el de obesidad, en
27. La razón: en este tipo de población, el riesgo asociado al exceso de
kilos se inicia en dimensiones más modestas. "Es muy poco probable
encontrar gente tan obesa en Japón como en EE. UU. -dice Noriyuki
Koibuchi, experto de la Universidad de Gunma-. En nuestra raza, antes de
llegar a ese punto ya habremos muerto como consecuencia de alguna
enfermedad relacionada con la obesidad".
Los investigadores de la Fundación Cardiovascular de Colombia (FCV), de
Bucaramanga, se sintieron menos solos en el mundo cuando leyeron el
artículo de The Lancet. Uno de sus trabajos recientes había concluido
que en los colombianos, el riesgo de ser diabético o de sufrir un paro
cardíaco comenza- ba en 88 centímetros de cintura y no en 94, una medida
tomada para caucásicos, pe- ro también aplicada universalmente.
En principio, la recomendación de la FCV es reducir los puntos de corte
del IMC para el diagnóstico en los países andinos. Pero también quiere
simplificar más las cosas, y aboga por que el perímetro,
independientemente de la estatura, se convierta en el patrón de medida
para la región. "Nuestra obesidad es primordialmente abdominal, que se
relaciona con enfermedad coronaria y que es indicativa de altos niveles
de insulina y triglicéridos, y de bajos niveles de HDL (colesterol
bueno) -dice el director del Instituto de Investigaciones de la FCV,
Patricio López-Jaramillo-. Conocer el perímetro no sólo es aconsejable
porque muestra el volumen de la grasa visceral, que causa más daño, sino
porque para medirlo sólo se necesita una cinta métrica".
No malgastarás
Miles de investigadores en el mundo andan tras las raíces y las
soluciones de la "globesidad". Su carácter multifactorial hace difíciles
las respuestas, pero se puede afirmar, como punto de partida, que este
fenómeno es el resultado de un sueño cumplido: el de obtener alimentos
al menor esfuerzo y al menor costo. Comida a domicilio, comida en el
dispensador de la oficina, comida a un clic de distancia. Comida que ha
ganado un puesto en el paladar de los comensales gracias a su generosa
oferta de azúcares o grasas saturadas.
Los expertos han bautizado el fenómeno como "transición nutricional",
caracterizada por el abandono de ciertos alimentos no procesados y el
recibimiento a raudales de productos que no sólo se distinguen por su
empaque, sino por su alto contenido calórico. "La única globalización
verdadera fue la nutricional -expresa Patricio López-Jaramillo-. De un
momento a otro, nos metieron la comida 'chatarra' y, como consecuencia,
descartamos los cereales, los vegetales y las leguminosas que antes
comíamos". Y, de repente, la balanza de energía consumida y de energía
acumulada se inclinó hacia este lado.
EL RIESGO DE DIABETES Y PARO CARDÍACO EN LOS COLOMBIANOS COMIENZA CON 88
CENTÍMETROS DE CINTURA.
En el organismo, las causas de la obesidad parecen menos claras para la
ciencia. Se sabe que la gente engorda porque come y porque lo que come
se convierte en depósitos de grasa. Sin embargo, lo que media entre el
bolo alimenticio y la panza, en muchos aspectos, es un misterio. Los
científicos han encontrado que un número aún no establecido de hormonas,
liberadas tras la ingestión de alimentos, advierte al cerebro que el
cuerpo está saciado. Entonces se incrementan las tasas metabólicas y la
circulación de la sangre hacia las capas externas de la piel, en un
esfuerzo para disipar el calor. Así se lleva a cabo un proceso conocido
como termogénesis, que es la forma como el cuerpo quema las calorías que
le sobran. Qué hace que algunos irradien más calor que otros es una
pregunta aún sin resolver.
Pero antes de esperar que el termostato del cuerpo haga su tarea, lo
mejor es ayudarle con el control de ingresos y egresos de calorías. Por
una parte, con actividad física para incrementar los niveles de oxígeno
que quemen las grasas, y por otra, con una buena dieta, un tema complejo
en el que todavía ni los mejor ilustrados tienen la respuesta ideal.
Atkins, Ornish, Willet, South Beach, antidieta, son nombres que llenan
estanterías en las librerías con recetas para adelgazar. Venden
millones, como si revelaran verdades absolutas, pero parece que no
hablaran el mismo idioma. Entre algunos de ellos, las recomendaciones
son incluso contradictorias. Resulta sorprendente que pese a tanta
experiencia, las conclusiones comunes de los especialistas se expresen
en tan breve espacio: los azúcares, las harinas blancas y las grasas
hidrogenadas (como las presentes en las margarinas) son las mejores
compinches de la obesidad. El resto es debate.
Vistazo a la prehistoria
Mientras los nutricionistas y endocrinólogos se debaten en culpar y
defender ciertos alimentos, los genetistas están en busca del exceso de
kilos en el mismísimo ADN. Que hijo de gordo salga pintado, no causa
mucho asombro. Pero que las generaciones más recientes no mantengan el
equilibrio y acumulen grasas, sí provoca muchas preguntas.
Para los genetistas, la era del control remoto y del combo de
hamburguesa con papas y coca-cola le cayó a la especie como una visita
sin anunciar. El cuerpo no estaba preparado. En los últimos años ha
hecho carrera la teoría de la existencia de unos "genes ahorradores",
que plantean una predisposición de la especie a guardar nutrientes como
previsión ante futuras hambrunas. Los genes están más aferrados al
pasado que las religiones, y es probable que aún no comprendan que para
llenar el estómago ya no es necesario correr detrás de un bisonte. Ni
que la nevera bien surtida está a pocos pasos del sofá, al contrario de
lo que solía ocurrirle a la parentela cavernícola, que sí supo lo que
era el hambre. Así que, unos cientos de generaciones atrás, El Gordo y
La Gordis no habrían merecido esos apodos, sino que probablemente
habrían sido los más alentados de la tribu y habrían sobrevivido a los
tiempos de vacas flacas gracias a la frugalidad de sus genes. Pero hoy,
para su infortunio, tanto ahorro de energías los tiene al borde de la
enfermedad.
1.700 MILLONES DE PERSONAS EN EL MUNDO PESAN MÁS DE LO QUE DEBEN.
La teoría de los genes ahorradores -ampliamente divulgada, pero no
comprobada- explica por qué las mayores tasas de diabetes en el mundo
están en Nauru, una perdida isla de la Polinesia, donde sus habitantes
hoy gozan de la "buena vida", al contrario de sus antepasados, que
sufrieron las duras y las maduras para sobrevivir. Y también puede
explicar por qué la población latina de Estados Unidos tiene una
prevalencia más alta de esta enfermedad en comparación con los
anglosajones. De hecho, ya hay estudios que demuestran que la
desnutrición en la infancia aumenta la propensión a la obesidad en la
adultez.
La obesidad dejó de ser un problema exclusivo del Primer Mundo. La
epidemia pronto tocará las puertas de Latinoamérica, con consecuencias
aun más devastadoras. No sólo por la fragilidad de los sistemas de
salud, sino por el hecho comprobado del riesgo prematuro. Yolanda Ríos,
que alcanzó 163 kilos, tuvo la fortuna de sobrevivir a la obesidad. Pero
ella no es un caso ejemplar, porque al corazón del colombiano promedio
le basta una barriga más modesta para dejar de funcionar.
Varias agrupaciones están tomando cartas en el asunto. La recientemente
creada Fundación Colombiana de Obesidad (Funcobes), por ejemplo, cree
que hay que comenzar con una Ley del Peso, que facilite a los obesos
acceder a los servicios de salud y que promueva la buena alimentación y
el ejercicio. Es urgente, pues, según el Ministerio de Protección
Social, la mitad de los colombianos no practica ninguna actividad física
por pereza o falta de tiempo. Por eso recomienda que la gente haga, al
menos, 30 minutos de ejercicio cada día. La otra parte del asunto es la
falta de orientación médica. "La mitad de las veces, la primera consulta
para tratar el problema es con el cirujano plástico -dice Rafael Pérez
Franco, de la Sociedad Colombiana de Cirugía Plástica-. Esto demuestra
que todavía hay mucho desconocimiento sobre este tema, porque nosotros
ayudamos con los retoques, pero no solucionamos el problema".
Y vuelve el tema multifactorial. Así como las causas pueden estar en el
metabolismo, también pueden estar en la cabeza. A menudo, trabajar la
parte sicológica es imprescindible, pues comer es una manera de llenar
un vacío emocional. Arturo Gómez, un ex obeso de 52 años, cuenta que
desde pequeño sus padres le inculcaron cientos de temores y convirtió la
comida en su refugio. El problema se incrementaba con una educación
según la cual dejar comida en el plato era pecado. Arturo engordó hasta
los 113 kilos, pero conservaba el falso consuelo que expresa la canción
de Palito Ortega: "La pinta es lo de menos, vos sos un gordo bueno,
alegre y divertido, sos un gordido simpaticón".
LA OBESIDAD AFECTA EL CUERPO DE LOS PIES A LA CABEZA Y HARÁ ALGO SIMILAR
CON LA SOCIEDAD DE UN HEMISFERIO AL OTRO.
Pero Arturo se odiaba. Porque sudaba todo el tiempo, porque temía
quedarse atrapado en el corredor de los buses, porque no podía amarrarse
los zapatos, porque había perdido el apetito sexual. Cuanto tenía 47
años, el médico le advirtió que si no le ponía freno al engorde, estaría
condenado a una silla de ruedas. Entró en contacto con los Comedores
Compulsivos Anónimos (http://pwp.etb.net.co/oacolombia), un grupo de
autoayuda creado en los años 60, a imagen y semejanza de los Alcohólicos
Anónimos, con presencia en varias ciudades del mundo. "No me hablaron de
dietas ni de pastillas -recuerda Arturo-, pero me recordaron que yo
tenía hambre emocional". La terapia de grupo le permitió encontrar la
causa de su problema y reconciliarse con la vida. Arturo hoy sólo
consume las tres comidas diarias y pesa 74 kilos.
Yolanda Ríos también necesitó mucho apoyo moral para encontrar su
solución. Su reto no era seguir una dieta que, dadas las dimensiones de
su problema, carecería de éxito, sino someterse a una delicada
intervención reservada para casos mórbidos, en los que la obesidad
compromete la vida: la cirugía bariátrica de acortamiento del intestino
y la reducción del estómago. "Ahora puedo caminar sin tanto dolor,
dormir boca abajo, darme la vuelta en la cama y secarme el cuerpo sola
-dice, pasados tres meses y con 24 kilos menos, que siguen en descenso-.
Siento menos ansiedad y menos ganas de comer. Algunos alimentos me caen
mal, pero voy identificándolos. Eso es lo de menos".
Pero lo ideal es evitar que los kilos se instalen en el cuerpo.
Recordarles a los padres que en estos tiempos de los combos, la
televisión e internet, dar comida a los hijos ha dejado de ser la mejor
manera de expresar amor. Estimular el ejercicio y el comer
equilibradamente y con moderación. La obesidad, algunas veces, tiene
reversa. Pero la verdadera salud y el verdadero reto deben ser no darle
siquiera una oportunidad.
Por Ángela Riaño
¿Soy gordo o gorda?
La medida para diagnosticar sobrepeso u obesidad es el índice de
masa corporal (IMC). Conocerlo es muy sencillo. Basta aplicar la
siguiente fórmula:
IMC = Peso (en kilos)/Estatura (en metros)2
Si el resultado es entre...
18,5 y 24,9, su peso es normal.
25 y 29,9, tiene sobrepeso.
30 y 34,9, es obeso clase I.
35 y 39,9, es obeso clase II.
40 y 49,9 es obeso mórbido clase III.
50 ó más, es superobeso.
Arriba
Revista Fucsia - 2005 -
El tamaño si importa
Dicen que
los gordos viven felices. Pero, en materia de relaciones sexuales, esto
es un mito. Para que una mujer obesa tenga buen sexo no sólo necesita de
un hombre sin prejuicios, sino también de que acepte su cuerpo y no se
inhiba con su gordura.
Por Amira Abultaif
"Hazme un rostro perfecto, hazme un alma perfecta, hazme una mentira
perfecta". Así comienza Nip Tuck, una de las series más polémicas del
Canal Fox. Con esta antesala, dos cirujanos plásticos cortan pieles y
moldean las figuras del deseo, mientras que en el mundo fuera del
quirófano hombres y mujeres se debaten ante la presión, sin anestesia,
de tener la belleza requerida. Con sólo la estética de fondo, este es el
panorama de unos 1.700 millones de personas en el planeta, según la
Fuerza Operante Internacional para la Obesidad, que pesan más de lo que
deben, condición que en el sexo puede ser una tortura o el escenario
natural del placer.
Si bien hombres y mujeres con sobrepeso tienen sus propias limitaciones
cuando enfrentan su sexualidad (o cuando no lo hacen), son ellas las que
más frecuentemente sufren porque el preámbulo del sexo es la atracción,
y la vista es su sentido predilecto. La era de la 'globesidad' es la
máxima provocación de la delgadez: cuantas más personas gordas hay,
mayor es la obsesión por bajar de peso, y en medio de esa paranoia
desparramada, la vergüenza, la baja autoestima, la rabia, el temor al
rechazo, la culpa y la inhabilidad física suelen ir a la cama.
"Siempre estamos con una Barbie en la mano, en esa cultura vivimos. Es
un referente muy insano y hay muchas mujeres que, al no poder
alcanzarlo, no pueden tener placer sexual. La gordura es una necesidad
de protección permanente y, al mismo tiempo, una necesidad de agredirse.
El porqué es autodestrucción y el para qué es protección", explica la
sicoterapeuta Beatriz Uprimny, para quien es claro que no se puede
disfrutar de la sexualidad cuando no se quiere el propio cuerpo.
En aras de que no ser vistas 'así', muchas mujeres evitan los encuentros
eróticos, hasta el punto de reprimir su líbido, especialmente aquellas
que eran delgadas y luego engordan cinco, diez o quince kilos más allá
de su peso ideal. En otros casos, la gordura se convierte en un
mecanismo de defensa para evadir el sexo y los vínculos afectivos, como
una mujer que se engordó para no serle infiel a su esposo u otra que lo
hizo inconscientemente para evitar al marido y no recordar el abuso
sexual del que fue víctima cuando niña.
Pero hay otras mujeres, en especial las que siempre han sido gordas, que
viven una sexualidad muy placentera y estimulante cuando hallan una
pareja que las acepta como son. Según el sexólogo Álvaro Poveda, las
mujeres obesas son muy cordiales y con una 'chispa' que las lleva a
buscar el jugueteo, los bailes, la estimulación manual o el sexo oral;
buscan más la actividad erótica en la relación y no tanto la
penetración, aunque ésta llega usualmente por petición del hombre. Son
mujeres que toman la iniciativa y se desnudan sin recato.
Límites de la carne y juegos de la mente
Tener
mayor masa corporal determina que en el sexo el tamaño sí importe. La
grasa acumulada en los muslos forma irritaciones molestas que al desnudo
provocan vergüenza; además, las obesas deben subir su abdomen para
permitir la penetración. Por esto, las posiciones más recomendables son
la de ella arriba y él abajo, o ella recostada al borde de la cama y él
de pie.
Las relaciones sexuales en condiciones de sobrepeso pueden aumentar la
presión arterial, ocasionar fatiga más rápidamente y restringir la
movilidad. El calor y el sudor causan que en los pliegues de grasa,
especialmente en los obesos mórbidos, se acumulen bacterias y se
produzca mal olor. El hipotiroidismo también podría implicar una
disminución del deseo sexual, pero detrás de ella se esconde algo más
poderoso: la mente. "Los niveles hormonales son importantes, pero mucho
más importantes son la estimulación y la aceptación del estímulo, así
como la actitud frente a la sexualidad", dice Poveda.
Precisamente por su actitud, 'Laura', cuya silueta es de modelo, rechaza
los encuentros eróticos. Su gordura es mental y le ha generado un
complejo con su cuerpo: "Me siento gorda; mira estas llantas -dice
señalando su cintura y tratando de formar con su piel un rollo para
demostrarlo-. Cada vez que mi novio quiere hacer el amor, trato de
evadir la situación inventándome algún plan. Cuando inevitablemente
sucede, me mortifico mucho pensando en que no se me vean los gordos".
Pero hay mujeres que sí son o han sido obesas y que viven su sexualidad
sin problemas. "Cuando estaba gorda era terrible: tenía la autoestima
por el suelo. No quería encontrarme con nadie. Pero en mis relaciones
sexuales sentía placer y no había inhibiciones porque tengo un esposo
muy comprensivo. Él me dio toda la seguridad. Lo hacíamos en la cocina,
en la sala, en la cama, con la luz prendida. Yo me ponía tangas y
pijamas bonitas porque él me hacía sentir seductora", recuerda 'Ana'. Su
caso refleja lo que especialistas y mujeres en su misma condición dicen:
tener al hombre adecuado es fundamental. "Si el hombre es amoroso y
dulce, puede ser muy sanador para ella", explica Uprimny.
Por supuesto, siempre será más sano para el cuerpo y el espíritu
conservar una figura equilibrada. Aunque Eros sucumbe ante cualquier
conflicto con la corporalidad, bien es sabido que los excesos son,
generalmente, fatales. Lo más importante a la hora de ir a la cama es
saber que ni el sexo ni la sexualidad están en la entrepierna, sino
entre las orejas, donde nacen y terminan el placer y el amor.
Perfil de Lucía Ríos*
Peso actual: 96 kilos
Estatura: 1,69
Edad: 27 años
Estado civil: soltera, con gemelos de cuatro años. Mantiene una pareja
estable.
Inicio de su obesidad: a los 17 años, cuando trabajaba en un restaurante
de comida rápida. Se retiró seis años después con 12 kilos de más.
"Siempre he preferido que me digan flaca fea que gorda bonita. La
gordura opaca mucho, también en la cama. No tengo mal sexo, pero la
gordura a veces me mortifica. Disfruto mi sexualidad porque encontré a
un buen hombre; nunca me ha dicho que por qué soy tan gorda, aunque a
veces tiene comentarios difíciles de aceptar, como cuando ve a una mujer
delgada y dice: '¡Ahh!, qué rico tener una mujer delgada y ponerla aquí
encima'. Me fatigo más rápido y siempre le pregunto si lo estoy
apretujando. Cuando veo porno con él me siento un poco incómoda porque
temo que él se inhiba y no lo quiera hacer conmigo; por eso le pido que
cambie el canal. Cuando llegué a cien kilos, a veces sentía que la
sexualidad era para él, y yo sólo buscaba complacerlo: me ponía un
brasier muy lindo y unas tangas muy llamativas para que a él le gustara
eso y no se fijara en mi cuerpo. Me gusta tener relaciones con la luz
apagada. Tengo orgasmos y siento placer, pero ojalá fuera delgada para
hacer otras cosas, como usar un babydoll o hacer un strip-tease. Él me
conoció cuando no era tan gorda, hace cinco años (76 kilos), y por eso
siento miedo de que me deje. Pienso que si peleo con él, ya no volveré a
tener relaciones con nadie. Le pregunto si es más rico hacerlo con una
flaca o con una gorda, y él me dice que es igual por dentro; es decir,
como ellos sienten más placer cuando penetran, entonces me dice que ahí
no se nota la diferencia. Pero por fuera obviamente sí hay diferencia.
Él nunca me acaricia el estómago, pero me dice que le gusta mi cola y
que mis senos le fascinan porque son grandes. Estoy reconociendo lo que
se esconde detrás de mis gordos, mis miedos y vacíos, y estoy luchando
contra eso. Ahora mi felicidad es que tengo una esperanza".
Perfil de Liliana Mesa, alta ejecutiva de una multinacional
Peso actual: 71 kilos
Estatura: 1,68
Edad: 35 años
Estado civil: soltera, con una hija y dos divorcios.
Inicio de su obesidad: en su primer matrimonio. Durante diez años vivió
entre gordura y delgadez extremas, pesando desde 55 hasta 111 kilos.
"Me impresionó mucho una escena: cuando estaba en embarazo varias veces
vi a mi primer marido mirándome por el espejo del baño con una cara
aterradora de asco. Una persona obesa me muestra un absoluto descontrol
de todo y creo que los hombres no se les acercan a las personas gordas.
Con mi primer esposo el sexo fue traumático porque de qué te sirve
sentir un orgasmo si no te sientes cómoda con lo que lo rodea. Teníamos
un sexo práctico. Creo que él pensaba: 'Tranquilo, yo hago esto para
llegar a donde quiero, el orgasmo, y me aguanto un poco'. Me acariciaba
el gordo, pero era desagradable. Sentía que 'ese era el derecho de las
cosas'. Pero cuando me separé y me adelgacé tuve otros hombres y me di
cuenta de que eso no era placer sexual. La obesidad no te deja ser muy
creativo. No podía levantar las piernas porque a los cinco minutos me
dolían. El problema de no poderme acercar a una relación sexual sana
está en mi mente, pues sentía que no soy merecedora de esa felicidad por
obesa. Pero también puedo decir que no conozco al primer gordo feliz.
Llegar a la aceptación del propio cuerpo es muy complicado. No es
convencerse y mantenerse en la mentira. Los que llegan al programa
Comedores Compulsivos Anónimos, (http://pwp.etb.net.co/oacolombiacns)
y dicen eso, al cabo del tiempo se dan cuenta de su autoengaño. En los
obesos no hay. Cuando uno pesa 111 kilos el sexo es muy difícil. Sólo
para quitarse el pantalón es una tortura. Cuando digo que ningún hombre
se acuesta con una gorda es porque estoy convencida de que una gorda no
despierta ningún sentimiento sexual, ni siquiera ganas. Eso sólo puede
suceder cuando un hombre se enamora de verdad, pero encontrar a esa
persona es muy difícil. Yo la encontré, pero después también me separé.
El comer compulsivamente exige tal concentración mental que a ti hasta
se te olvida el sexo".
Arriba
El tiempo.com / salud
- Abril 16 de 2005
Este
es el testimonio de un hombre que estuvo hundido en el callejón de la
anorexia
Carlos acostumbra a levantarse y pesarse. El joven todavía vive
obsesionado con su peso.
Claudia Rubio / EL TIEMPO
‘Llegué a dejar de comer durante tres días seguidos. Me daba hambre pero
me aguantaba’, dice Carlos*, a quien le decían 'La ballena' en el
colegio.
Se comía en el recreo lo que les sobraba a sus compañeros de la lonchera.
Llegaba a su casa y repetía almuerzo. En las tardes, antes de la comida,
probaba dulces y papas fritas a escondidas.
Devoraba, como cualquier niño, hamburguesas, perros calientes,
helados...
Creció como el gordito de la casa al que todos le jalaban los cachetes.
Se acostumbró a ponerse las camisetas apretadas, a que sus amigos lo
molestaran y a que las niñas no lo miraran.
“Yo era el gordito, así salgo en todas las fotos desde niño, con mi
familia. Siempre estuve pasado 20 kilos del peso promedio de los niños”,
recuerda Carlos, hijo de una pareja de ingenieros y que vive en un
apartamento, en un conjunto cerrado de estrato 5 del norte de Bogotá.
Sus padres lo llevaban al pediatra, que le mandaba dietas, pero no
rebajaba. Llegó a la adolescencia convertido en la misma ballena, que
siempre llegaba de última en las carreras de las clases de deporte y que
nunca pasaba el Test de Cooper. “Me empecé a dar cuenta de que no podía
hacer cosas que mis amigos hacían en el colegio, me cansaba mucho
corriendo y no podía hacer ni una abdominal”.
Sus padres lo llevaron al endocrinólogo y el diagnóstico fue que no era
nada anormal. “De niño no me importaba, pero me comencé a sentir gordo”.
Carlos comenzó a hacer dietas que encontraba en Internet. Un tiempo solo
comió plátanos, que dicen que sacia el hambre, y como no funcionó se
dedicó a comer solo verduras. Nada lo hacía bajar de talla.
Su peso se le convirtió en una obsesión y sus padres le compraban fajas,
que usaba por las noches para que sus compañeros de colegio no se dieran
cuenta. “Uno no comenta nada con sus amigos, porque no es normal que un
hombre haga dieta y use fajas”.
En su afán por verse delgado también iba a los gimnasios. “Yo creo que
era uno de los más jóvenes que hacía ejercicios, pero eso me daba más
hambre”, recuerda. Y en su casa tenía un aparato para hacer abdominales.
‘Todo entra por la boca’
Pero nada funcionó. Y hace dos años, cumplió 14 con 1,60 metros de
estatura y pesando 76 kilos. El joven tomó una decisión drástica y
decidió dejar de comer. “Me empezaron a gustar las niñas. A uno le gusta
levantar viejas y si uno es gordo, no lo miran. Fue por una idea propia
de dejar de comer”.
El joven empezó a dejar de almorzar por semanas, solo desayunaba. Pero
luego se hizo más estricta la dieta y eliminó los alimentos por
completo.
“Llegué a dejar de comer duante tres días seguidos. Me daba mucha
hambre, pero me aguantaba, pues todo entra por la boca”. Después de los
días de abstinencia, volvía a comer y luego volvía a suspender los
alimentos. “Llegó el punto de que me daba asco comer”.
Su salud se complicaba y Carlos iba muy débil al colegio, pero su afán
por adelgazar no lo dejaba desistir. Sus padres se preocuparon y lo
llevaron nuevamente al endocrinólogo. “El doctor me pegó una vaciada
porque no estaba comiendo, me dijo que me iba a volver anoréxico, pero a
mí lo que me importaba era bajar de peso. Me dio gastritis y me tocó
cuidarme”.
Luego del regaño del médico comenzó una lucha de sus padres para que
comiera, pero no pudo dejar de sentir rechazo por los alimentos y siguió
comiendo poco.
Peligrosamente, con el paso de los meses su peso fue descendiendo por
sus ayunos estrictos al tiempo que su cuerpo fue creciendo.
Carlos cumplió este año 16 años, midiendo 1,77 metros y pesando 67
kilos, diez kilos menos que antes, pero 17 centímetros más alto. Se
siente contento con su peso, pero su médico le dice ahora que está por
debajo de la curva. Los amigos le preguntan qué hizo y él solo responde
que está dedicado a las dietas.
“Me alegra que ya me puedo levantar las niñas, uno se siente más seguro,
sabía que no me iban a mirar si estaba así”.
Tiene novia hace dos meses
“Ella ve las fotos mías cuando era gordo y me dice que era divino; pero
si estuviera así todavía, no creo que me mirara”. Pese a que logró
adelgazar, Carlos vive con el fantasma de la ballena. #Por eso no como
pizzas, ni hamburguesas, ni helados desde hace un año. No volví ni a
comer fritos ni comida chatarra”.
En su lucha por mantenerse, come muy poco todavía y vive al filo de la
anorexia. “Cuando me da hambre, salgo a trotar alrededor del conjunto.
Troto hasta dos horas –dice el joven, que también practica tenis–. Trato
de cuidarme, solo como una harina al día y en mi casa hay comida
integral por todas partes”.
Por su situación, el muchacho pertenece, por consejo de una tía, a un
grupo de Comedores Compulsivos Anónimos que se reúnen tres veces por
semana en Usaquén, donde conoció a una mujer que tenía su mismo
problema. “Era muy flaca y me impresionó mucho”.
Las reuniones le han servido para mejorar su autoestima y aprender a
comer sanamente. Carlos dice que se siente con menos temores, que come
poquito, tres veces al día, pero no deja de sacar todas las mañanas la
báscula que tiene debajo de la cama y de mirar su peso: 67 kilos.
‘Les da miedo consultar’
Camila Pombo, sicóloga, con entrenamiento en trastorno de la conducta
alimentaria en Barcelona, que trabaja en la fundación Horus T.C.A., dice
que Carlos pudo sufrir de una anorexia nerviosa de tipo restrictivo.
"Es tanto el miedo o la angustia a ser gordo que los lleva a dejar de
comer, a prohibirse muchos alimentos y a intensificar los ejercicios
-comenta-. No es normal que un muchacho no se coma, de vez en cuando,
aunque no es una comida sana, una hamburguesa".
Asegura que los problemas de trastornos alimenticios como la anorexia no
son nuevos en los hombres. "Ellos no se atreven a consultar a los
especialistas, pues esta enfermedad se ha manejado como si fuera
exclusiva de mujeres".
Pese a esta situación, Pombo dice que los casos conocidos están
creciendo y actualmente de cada diez casos que llegan a su consultorio
dos son de hombres, que han tenido problemas de obesidad o que quieren
tener un cuerpo atlético.
La sicóloga asegura que estos trastornos traen no solo problemas
gástricos sino del corazón y del sueño, al igual que un bajo desempeño
académico y laboral.
*El nombre del personaje fue cambiado.
LUIS ALBERTO NIÑO RUEDA
Subeditor de Reportajes
Arriba
zona crónica
COMELONES ANÓNIMOS
Se comen a escondidas lo que quedó de la lonchera de sus hijos,
almuerzan tres veces al día y pueden devorar en minutos una caja de
brownies. Una tarde en compañía de los apetitos más voraces del mundo.
Por:Andrés Arias

Del test de quince
preguntas que sirven para saber si se es o no comedor compulsivo, yo
respondí afirmativamente a cuatro. Y según dicen, basta con responder
afirmativamente a tres para ser adicto a la comida o estar muy cerca de
serlo.
Estos fueron los interrogantes a los que respondí afirmativamente: ¿Come
usted cuando no tiene hambre? Sí. ¿Se da usted atracones de comida sin
razón aparente? Sí. ¿Siente usted ansias de comer a una hora del día o
de la noche distinta a la hora de comidas? Sí. ¿Come usted para escapar
de las preocupaciones o de los problemas? Sí. ¡Sí! (Para quien lo quiera
responder, basta con entrar a la página de los comedores compulsivos
anónimos de Colombia www.ccacolombia.com).
Salgo angustiado del café internet y camino cabizbajo hasta el lugar en
el que se va a llevar a cabo la reunión de hoy. Una de tantas: tan solo
en Bogotá hay cuatro grupos distintos de comedores compulsivos,
repartidos por toda la ciudad. También los hay en Medellín, Bucaramanga,
Cali, Montería, Cartagena, Barranquilla, Manizales y Villavicencio, lo
que se traduce en alrededor de 200 personas que en Colombia se reconocen
como comedores compulsivos y que han buscado ayuda en terapias de grupo.
Sin embargo, son -¿somos?- muchísimos más: se calcula que el diez por
ciento de los colombianos tienen problemas de adicción a la comida, y
que el 30 por ciento de los habitantes del planeta padecen esta
enfermedad. El porcentaje en Estados Unidos y en algunos países de
Europa es mucho más alto. Pero pocos lo reconocen, y aún menos buscan
ayuda.
Diez minutos después estoy en el lugar indicado. Es sábado, son las 2:20
de la tarde y ahí está: una casa ochentera, de vidrios oscuros, alguna
vez lujosa, de las que aún quedan en Santa Bárbara, y que ahora -antes
de que la tumben- la alquilan a diversos grupos de trabajo social.
Entro. Un salón para los alcohólicos, otro para los codependientes y uno
más -diminuto- para los comedores compulsivos. Todos -alcohólicos,
codependientes y comedores compulsivos- anónimos. No hay nombres, no hay
caras: solo historias.
En el salón ya hay dos mujeres. Conozco a una de ellas: es Laura, la
líder de este grupo. Hace seis años entró al programa, y pasó de pesar
100 kilos a 65. En sus peores días se robaba la lonchera de sus hijos y
se la atarugaba solita y escondida. "Nunca se dieron cuenta: yo
simplemente les compraba más comida", me dice.
La otra mujer, Julieta, se altera cuando le cuentan que soy periodista y
se altera aún más cuando tras de mí entra Pilar, la fotógrafa, que acaba
de llegar. "Tranquila -le dice Laura-, todos los nombres van a ser
cambiados y en ninguna foto se van a mostrar las caras. ¿Cierto?". Pilar
y yo asentimos. Julieta suspira.
Una a una, empiezan a llegar más mujeres. Unas gordísimas, otras gordas,
otras rellenas, otras regulares y otras flacas, flaquísimas: de todo.
Hasta que a las 2:30 el saloncito está repleto y apenas si caben los
cuerpos de las once comedoras compulsivas. Y el de Pilar. Y el mío. Hace
un calor perverso.
No hay hombres. Solo yo. Aunque de vez en cuando algunos asisten, la
proporción es más o menos de uno por cada quince mujeres. No se trata de
que los hombres no comamos compulsivamente (díganmelo a mí), sino de la
verdadera razón que lleva a buscar ayuda a quienes asisten a estas
reuniones: adelgazar. Todas estas mujeres llegaron aquí porque se
cansaron de estar gordas, y de pronto, gracias al programa, se dieron
cuenta de que su problema era más grave: tenían una compulsión, no
podían dejar de comer por sus propios medios. Eran incapaces de servirse
solo una porción de helado: se metían el pote entero y después corrían
al supermercado a comprar más. La gordura era una simple consecuencia.
Y no nos digamos mentiras: a buena parte de los hombres nos importa un
zapato tener diez o quince kilos de más, pero para todas las mujeres
algo así es una tragedia, una catástrofe que las lleva de inmediato a
buscar ayuda donde sea. Así descubren que son comedoras compulsivas,
mientras nosotros, muy tranquilos, seguimos metiéndonos un paquete de
galletas en cuestión de segundos.
De pronto, alguien pide silencio y dice: "Empecemos". Entonces todas las
mujeres se ponen de pie y en coro rezan: "Señor, dame paciencia para
aceptar las cosas que no puedo cambiar, valor para cambiar las que sí
puedo y sabiduría para reconocer la diferencia", una antigua oración
adjudicada a San Francisco de Asís. Se sientan y, una a una, leen la
versión "comedores compulsivos" de los ya famosos doce pasos de las
terapias de Alcohólicos Anónimos. Es en estos doce pasos que se sustenta
buena parte de las terapias grupales de adicción en el mundo. El número
uno, en la versión de comedores compulsivos es: Admitimos que éramos
impotentes ante la comida, que nuestras vidas se habían vuelto
ingobernables. El número dos: Llegamos a creer que solo un poder
superior a nosotros mismos podría devolvernos el sano juicio. El número
doce: Habiendo obtenido un despertar espiritual como resultado de estos
pasos, tratamos de llevarles este mensaje a las personas que comen
compulsivamente y tratamos de practicar estos principios en todos
nuestros asuntos.
Estos pasos fueron adaptados por Rozanne, una norteamericana aún viva,
que por sus propios medios no podía dejar de comer. Después de acompañar
a un amigo a una reunión de Jugadores Anónimos y de buscar ayuda teórica
en las reuniones de Alcohólicos Anónimos, la mujer se atrevió a fundar,
el 19 de enero de 1960, la organización que es conocida mundialmente hoy
por la sigla O.A. (Overeaters Anonymous): Comedores Compulsivos
Anónimos. Una fundación sin ánimo de lucro, presente en cincuenta
países, con más de 6.500 grupos, que se traducen en alrededor de cien
mil personas: de los millones de adictos a la comida, solo cien mil se
reconocen como tales.
El tema de conversación asignado para hoy es la aceptación. Una de las
mujeres -la líder de hoy- lee un mensaje al respecto. Después dice:
¿Quién desea compartir?
Una señora alza la mano. Es la segunda vez que viene a una reunión de
comedores compulsivos. No es muy gorda.
-Hola, soy Patricia, y soy. soy comedora compulsiva -y comienza a
llorar. No es raro: hay una gran diferencia entre decir que se come
mucho y reconocer que se tiene una enfermedad. Una enfermedad que es
controlable, pero que no tiene cura. Una enfermedad para toda, toda la
vida. Y, sobre todo, una enfermedad grave, que degenera en otras
dolencias como la diabetes, la hipertensión, la artritis, los problemas
renales, endocrinos, musculares y óseos, y, por supuesto, no en pocos
casos, en el suicidio.
-Gracias, Patricia -dicen todas.
Otra mujer levanta la mano.
-Hola, soy Consuelo, y soy comedora compulsiva.
-Hola, Consuelo.
-A ver, tengo un balance excelente desde que estoy en Comedores
Compulsivos -dice-, porque el año pasado bajé diez kilos y no los volví
a subir. Pero estoy cansada de estar tan abstinente, y estoy empezando a
comer compulsivamente. ¡Estoy mamada! (risas) ¡Estoy cansada de ser niña
buena! ¡Y siento unas ganas de comer azúcar! No hay pastel gloria ni
oblea, ni arequipitos de los chiquitos que en este momento no sean el
objetivo. Ahora estoy llena, pero sé que a las cinco de la tarde, si no
me voy a cine con una amiga -delante de la cual me da pena comer, como
me da pena delante de todo el mundo- me embuto lo que encuentre en
cualquier tienda. Y me parece que esto no va a parar mañana. Estoy
frustrada de estar tan formal durante tanto tiempo. Acepto que soy
comedora compulsiva, sé que tengo ese problema, ¿pero cómo hago para
parar de comer en este momento? ¿Cómo hago para no perder el esfuerzo
que hice? No sé. Estoy esperando respuestas. Eso es todo.
-Gracias, Consuelo -dicen todas.
Algunas de ellas recuerdan que eran flaquísimas cuando niñas y que sus
padres las obligaban a comer; otras recuerdan que siempre que hacían
algo bien, eran premiadas con comida; y otras dicen que tuvieron una
infancia muy solitaria, y las chocolatinas y los dulces se convirtieron
en su mejor compañía. Pero ninguna de ellas tiene claras las razones que
la llevaron a caer en la enfermedad. Solo saben que cada vez que sienten
la más mínima emoción en su vida (buena o mala), tienen que correr a
comer: si pelean con su esposo se atragantan con una torta, si cumplen
años almuerzan tres veces, si cae un aguacero se comen una caja de
brownies. Y no pueden parar. Por ejemplo:
-Hola, soy Teresa, y soy comedora compulsiva -dice una mujer joven y
rubia.
-Hola, Teresa.
-Desde la semana pasada estoy rodada (risas). El martes me hicieron una
endoscopia y me dijeron que tocaba sacarme otra biopsia. Salí de la
clínica y ahí mismo me comí tres pasteles de arracacha con ají; ojalá
hubiera sido solo uno. Son una delicia. Llegué a la casa: había arroz:
me metí como ochenta platados; por la noche comí hartísimo; al otro día,
¡con un ánimo de tomar onces! Tomé onces, después comí. Ayer medio pude
trancar. Pero me di cuenta de que soy como un merengue. Me tocan y ya:
desbarajustada completamente. Y es con la comida, solo con la comida.
-Gracias, Teresa -dicen todas.
Mientras que a una persona común le bastan entre 1.500 y 2.600 calorías
diarias, a un comedor compulsivo muy posiblemente se le dificulte parar
aun a la altura de 4.000 o 5.000. Tanto, que algunos de ellos manejan
presupuestos paralelos: no quieren que nadie se entere de que son
adictos. Susana me confiesa que, durante sus tiempos más difíciles, sin
que nadie lo supiera, cada mes se gastaba alrededor de 500 mil pesos en
la compra de harinas y dulces, y en la visita -sola, por supuesto- a sus
restaurantes favoritos.
-¿Alguien más quiere hablar? -pregunta la encargada.
-Hola, soy Dolores, y soy comedora compulsiva -dice una mujer muy
delgada.
-Hola, Dolores.
-Esta es una enfermedad que es llevadera, pero es incurable -cuenta-. El
martes tuve un inconveniente nada grave con el contador de la empresa
porque no me suministró una información a tiempo. Y entonces me dijo:
"Ya sé que está molesta conmigo y le traje esta chocolatina de regalo".
"¿Cómo le explico que yo no como chocolatinas?", me dije. Pero yo no
tengo por qué aparentar. Me la hubiera podido meter en la cartera.
Acababa de desayunar. Eran las nueve de la mañana. Pues abrí la
chocolatina, me la tragué y ni la saboreé. Si alguien me hubiera
preguntado: ¿A qué te supo?, no le hubiera podido responder; no fue un
placer habérmela comido. ¡Y eso me pegó una disparada! Duré dos días
comiendo como loca, hasta que caí en la cuenta y me dije: "¡Dolores, por
favor!". Uno nunca se cura. Ya entiendo por qué los alcohólicos no se
pueden comer un chocolatín que tenga un trago de ron porque vuelven y
recaen.
-Gracias, Dolores.
Después de aceptarse como comedores compulsivos -y en medio del
cumplimiento de los doce pasos y de un plan diario de comidas-, quienes
tienen esta enfermedad empiezan a ubicar lo que ellos llaman 'platos
alcohólicos': aquellos ante los que definitivamente no se pueden
controlar y de los que serán incapaces de comer solo una porción. Casi
siempre son harinas y dulces. Los atracones que se meten con ellos
pueden durar días enteros. Y siempre son privados. "Por ejemplo -me
cuenta una bióloga que ha crecido con el estigma de 'qué lastima que
seas gorda, porque con esa cara tan bonita'-, a mí a veces me preguntan
por qué no bajo de peso si ven que como tan poquito; lo que no saben es
que uno en privado se embute como desesperado"; y se embute de 'platos
alcohólicos'. Es realmente a ellos, por encima de la comida en general,
a lo que estas personas son adictas. Y así como los alcohólicos que
entran a terapia no pueden volver a probar un trago en su vida, estas
comedoras compulsivas deben entrar en una abstinencia para siempre:
Leticia no puede probar nunca más las galletas y los chocolates;
Consuelo, el arequipe y los helados; Mariana, las arepas y los brownies;
Alba, las empanadas y los pasteles, y así. Cada una tiene una lista de
alimentos a los que es adicta y de los que se debe alejar: ni una
migaja, ni una borona.
Pero como asumir que nunca más durante sus vidas podrán llevarse a la
boca una porción de ese plato amado les resulta tan pesado, han
aprendido a decir, todos los días, 'solo por hoy': solo por hoy no
comeré arequipe, solo por hoy no comeré empanadas, aunque sepan que ese
'solo por hoy' implica la vida entera. Bueno, no tanto, porque aún todas
caen.
Leticia, una señora muy gorda, me dice: "El plan es así: 3, 0, 1: tres
comidas, cero trampas y solo por un día, solo por hoy".
Así, aunque todas estas mujeres han caído y siguen cayendo, consiguen
resultados. Es por eso que muchas lucen tan delgadas: no solo han dejado
de comer, sino que se han dado cuenta de que pueden expresar lo que
sienten, de que no lo tienen que reprimir con un pastel.
-¿Quién más quiere compartir? -pregunta de nuevo la encargada de hoy.
-Hola, soy Laura, y soy comedora compulsiva -dice la líder.
-Hola, Laura.
-Ayer en la oficina, llegaron con unos roscones que olían. Ay, Dios mío
bendito. ¡Qué horror! Creo que los empecé a oler desde la cuadra.
¡Olían! Cuando llegaron con ellos le dije a la gente: "¡Yo no puedo
comer de eso!". Aprendí aquí a decir que no puedo, y es que no puedo. Y
si alguien me pregunta por qué, le voy diciendo: "Soy comedora
compulsiva y si me como uno, me como los de ustedes también, y
pobrecitos; así que no me ofrezcan, a menos que estén dispuestos a
dármelos todos". La persona se volteó y se fue. Nadie me rogó. En otra
época yo hubiera dicho: "Es que me rogaron, me imploraron". ¡Paja! A mí
nadie me ruega nada. Es que ofrecían y yo me tiraba a agarrar lo que
fuera. Fue muy rico ver que podía decir que no podía. Llegué a mi casa y
todo ha sido perfecto con la comida.
-Gracias, Laura.
Y después:
-Hola, soy Catalina, y soy comedora compulsiva.
-Hola, Catalina.
-Lo que me trajo al programa, y se lo he escuchado a muchas personas, es
que ya la comida no me producía placer ni alivio; ni siquiera la
saboreaba. Lo que me producía era un dolor impresionante, culpa,
remordimiento (llora). Es que. esa es mi cocaína. ¡Esa es mi cocaína!
Su grito me hace reaccionar del letargo al que me ha llevado el calor.
La encargada dice que ya es tiempo de cerrar la reunión. Todas se
levantan y de nuevo hacen la oración de San Francisco de Asís. Después
se despiden. Me quedo otro rato conversando con algunas de ellas.
Salgo del lugar y, sin darme cuenta, termino en una panadería: pido una
torta de chocolate, un roscón, una almojábana y una gaseosa. ¿Tenía
hambre? A ver. No. La verdad, no.
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